LA GAITA EN LA RIOJA

La presencia de la gaita en las fiestas riojanas está datada en la edad media. La nota más antigua se guarda en el archivo municipal de Haro y se refiere a las fiestas de San Juan del año 1460, aunque muy probablemente esa cita –y otras posteriores– se refiera a gaitas de bota o de fuelle. El antepasado más cercano a la gaita actual era llamado chirimía a finales de la edad media, instrumento que se extendió por toda España, y los músicos que la tocaban eran los ministriles. Así son citados en los documentos riojanos hasta bien entrado el siglo XVII.

España es en el siglo XVI una potencia mundial, rica en recursos y adalid del catolicismo y la contrarreforma. La fiesta del Corpus se engalana con profusión de autos sacramentales, tarascas, invenciones, mojigangas, gigantes, danzas y carrozas majestuosas. Con la crisis económica que afecta a todo el siglo XVII no llega el dinero para construir tanto artilugio y es entonces cuando aflora el espectáculo más barato, la danza procesional, que ya había estado presente en las celebraciones del Corpus y durante las fiestas patronales de diversas localidades. En los comienzos del siglo XVIII la economía se recupera y en las fiestas empieza a aflorar el dinero para contratar espectáculos profesionales. Ya en el año 1700 aparecen por estas tierras norteñas y del valle del Ebro danzadores valencianos que durante toda la centuria aportan un arte nuevo muy acorde con el gusto barroco de la época, se trata de danzas exuberantes, de atrevidos movimientos gimnásticos y con una indumentaria colorista. Gran parte de la vistosidad de los trajes de danzadores y algunas coreografías actuales tienen su origen en la moda de los danzadores valencianos de hace trescientos años. Estos artistas profesionales trajeron consigo un instrumento de sonoridad más potente que la flauta de tres agujeros y el tambor tan en boga hasta entonces, la dulzaina, que no era más que una chirimía evolucionada. Con su potente sonido contribuyeron a dar más prestancia a la danza profesional.

Ya a finales del siglo XVIII, tras décadas de presencia de los danzadores valencianos en todo el norte, al menos desde Aragón hasta León, pasando por Navarra, La Rioja y Burgos, la huella artística fue calando entre el mocerío, que fue imitando y aprendiendo el nuevo arte dancístico y musical. En ese transcurso de tiempo hay un empuje de danzadores locales por hacerse un hueco entre tanto valenciano, a quienes poco a poco van sustituyendo.

Los aires de la Ilustración llegan a las clases dirigentes, que siempre han desdeñado el arte popular, y entre los años 1777 y 1790 varias reales cédulas de Carlos III prohíben sucesivamente: disciplinantes, empalados, mayas, danzas procesionales, bailes dentro de la iglesia, tarascas y gigantes. La guerra de la independencia apartó al país de la fiesta durante años, por lo que el arte del danzado y el musical entraron en un claro declive. Esto explica cómo en una comarca de tradición dancística tan potente como La Rioja Baja –que durante siglos mantuvo grupos profesionales que eran contratados en ciudades como Pamplona y Vitoria–, este arte desaparece casi por completo. Superados los traumas de las prohibiciones y el de la guerra, el arte popular resurgió con fuerza en el medio rural, donde ya había echado profundas raíces. Hay que tener en cuenta que si bien los concejos de las grandes ciudades se podían permitir contratar a danzadores profesionales, en las pequeñas poblaciones habían surgido grupos de aficionados que danzaban ante la imagen del santo, sin otra recompensa que una cántara de vino, alguna comida especial o la voluntad de los vecinos. Para entonces la dulzaina se había impuesto como instrumento propio de la danza y su nombre se fue asimilando al de gaita, término con el que el pueblo venía llamando a cualquier instrumento festivo. La flauta de tres agujeros –junto al tambor- se mantuvo durante un tiempo en el área más occidental de La Rioja, a buen seguro hasta bien entrado el siglo XIX; la gaita de bota aguantó el tipo hasta el siglo XX en contadas localidades de la provincia, sobre todo en las serranías aisladas del alto Najerilla. 

Los gaiteros han sido durante siglos un elemento clave en el discurrir de las fiestas riojanas. En la mentalidad popular había dos clases de fiesta:

-Las de misa y olla, fiestas menores como son los domingos.

-Las de misa, olla y gaita. Es decir, las fiestas patronales y otras señaladas –al uso de cada localidad– como navidades, San Antón, San Blas, águedas, quintos, Corpus, etcétera, en las que se contaba con dinero para contratar a los gaiteros, generalmente a costa de los mozos, quienes escotaban para pagarles y darles alojamiento, comida y bebida durante su estancia en el pueblo.

Así que la gaita ha sido en La Rioja el sinónimo de fiesta importante y el gaitero la figura central de la misma. Los gaiteros han conservado las vetustas melodías de las danzas procesionales porque uno de los requisitos de su presencia en el pueblo era el de tocar la danza, cuyas coreografías podían llegar en algunas localidades hasta veinte distintas –con sus respectivas tonadas– y cuyo son no cambia de un año para otro. Pero los gaiteros han ido amalgamando en su repertorio una nutrida miscelánea de géneros musicales: el pasacalles festivo, la jota que se impuso a la seguidilla como baile suelto, las dianas matutinas, el agudo, las tocatas de gigantes, albadas y rondas, vueltas festivas, brindis, misas de pastores, marchas procesionales y rosarios. Cuando a fines del siglo XIX los criterios morales fueron cambiando comenzó a permitirse el baile “agarrao” y en este ambiente llegaron a La Rioja muchos géneros nuevos. Los que más éxito tuvieron fueron los valses, la polka, el pericón, el pasodoble, la mazurca, la rumba, habaneras, rancheras, también la cueca chilena y el tango argentino por influjo y añoranza de nuestros emigrantes.

Así pues, vemos a los gaiteros riojanos adaptándose necesariamente a las nuevas melodías que comenzaban a llegar por la radio ya entrado el siglo XX, y luchando en condiciones de desigualdad contra las bandas y orquestas, con las que no podían competir en empaque musical. La figura del gaitero fue siendo sustituida y, en ocasiones menospreciada, por los nuevos vientos orquestales.

El gaitero, por su condición de músico popular y festivo, ha sido objeto de bromas, chanzas y cuentos en los que aparece como músico de peor calidad que los de bandas y orquestas, como aquel que dice “El gaitero de Oliván, que cobra mucho y toca mal”. Nada más lejos de la realidad, somos testigos de que los gaiteros semiprofesionales que acudían a tocar a las fiestas de los pueblos conocían el lenguaje musical: en sus casas se conservaban gran cantidad de partituras, transcritas por ellos, de las melodías populares junto con otras compradas en establecimientos del ramo con famosas canciones de época.

Es más, se da el caso de gaiteros reconvertidos a otros instrumentos y de músicos de academia que también se acercaban al mundo de la gaita. Tanto unos como otros compaginaban el toque de la gaita durante las fiestas de los pueblos con su participación en orquestas, rondallas o el toque del órgano en los oficios religiosos.

Algunos músicos compusieron nuevas melodías para ser interpretadas exclusivamente por gaiteros, conocemos varios casos, el más prolífico fue Nicolás García, de Laguardia, de quien se conservan más de setecientas partituras, muchas compuestas por él.

Así, entre melodías tradicionales y de creación, recreadas por los muchos gaiteros que han surcado nuestra tierra., el repertorio para gaita en La Rioja abarca un amplio abanico de géneros que contiene un extensísimo número de piezas, muchas olvidadas –cuando no desaparecidas–, y que han interesado a muy contados intérpretes e investigadores actuales, mientras han sido ignoradas por los estamentos culturales de nuestra Comunidad. Juan y Diego sacan a la luz en este disco piezas que dormían en el baúl de los recuerdos, tan solo conservadas en el frágil soporte de una partitura en papel –a veces solo una–, como es el caso de “la gaita vieja” de Cervera y algunas piezas del repertorio de los gaiteros de Laguna de Cameros y de Treviana.

LA HUELLA DE LOS GAITEROS EN LA TRADICIÓN ORAL

Los gaiteros han ido dejando en la tradición de nuestra tierra, fruto de la presencia de la figura del músico popular durante siglos. La llegada de los gaiteros el día de la víspera era recibida en los pueblos con el natural alborozo y una corte de niños a su alrededor. Como tarjeta de visita, un animado pasacalles al que terminaron acoplándose varias cancioncillas que surgieron espontáneas del sentir popular:

 

Ya viene la gaita

ya viene el gaitero

ya vienen las fiestas

ya se alegra el pueblo. 

(En Arnedo ante la llegada de los gaiteros navarros).

 

La gaita va a venir

por san Cristóbal va a bajar

las mocitas del Cerrillo

ya se pueden preparar. 

(Los cornagueses a la llegada de los gaiteros de Yangüas).

 
 

Sal mocita a la ventana

que ya asoman por la plaza

los gaiteros de Treviana. 

(Por la comarca de Santo Domingo de la Calzada).


 

Cerilla toca la gaita

Cerilla toca el tambor

dale, que dale que dale

a la gaita y al tambor. 

(A la llegada de los gaiteros de San Asensio).

 

Ya viene Doroteo

con la gaita en la mano

ya viene Doroteo

con deseo de tocarnos.

Nos tocará una habanera

un pasodoble o un tango

nos tocará lo que le mandemos

porque es muy voluntario. 

(Los de Soto de Cameros cuando aparecía Doroteo Díez, gaitero de Torremuña).


Un motivo folklórico se pegó a esta espontánea creación de canciones, el del “instrumento que habla”. Cuando El Tacos de Alberite subió un año a Luezas acompañado de un tambor no tardaron en ser echados del pueblo porque el pasacalles de la llegada fue malinterpretado por algún mozo del pueblo, que convenció a los demás. 

Y es que cuentan que la gaita decía:

                               –Maricones son los de Luezas.

Y el tambor le respondió:

                               –Sí que lo son, sí que lo son.

Razón más que suficiente para salir por piernas, carretera abajo.

En el baile de la tarde los gaiteros se subían al balcón del ayuntamiento para desde allí proclamar a los cuatro vientos las melodías de sus bailables. En el descanso las mozas se arrancaban con variadas canciones de corro y al rato exigían a los gaiteros que volvieran a tocar:

 

A mí me gusta la gaita

viva la gaita

viva el gaitero.

A mí me gustan las chicas

que tengan cintas

de terciopelo.

Venga música, venga música,

que la pide el forastero,

y si no quieren bailar

bailaremos las del pueblo.

Y estamos en nuestro pueblo

y hacemos lo que queremos

y podemos despachar

a todos los forasteros. 

Que sal a bailar salero

salero sal a bailar

que tienes tú más salero

que arena tiene la mar.

Ay con sal, sin sal

ay con sal saleró

salero sin sal

lo mismo te quiero

lo mismo te quiero

ay con sal sin sal

ay con sal saleró.

El día siguiente, el de la fiesta mayor, era el día de la procesión. Procesión con danza en muchos pueblos de La Rioja Alta y Cameros, procesión acompañada de gigantes y cabezudos en las localidades de mayor población de La Rioja Baja, o procesión, al menos, al ritmo lento de una marcha, allí donde había desaparecido la danza.

En el último día de las fiestas los gaiteros se despedían y en ese momento también los instrumentos “hablaban”. Los mozos tenían que evaluar la labor de los músicos y pagarles por su cometido. La despedida era motivo de canciones maliciosas. No hay más que preguntar a nuestros mayores por algo tan simple como:

                 –¿Qué decía la gaita cuando se despedían los gaiteros? Las respuestas siempre giran al temor de no cobrar:

                –¿Cuándo nos pagarán, cuándo nos pagarán? –decía la gaita–.

                –Prrronto, rrrepronto, prrronto. Prrronto, rrrepronto, prrronto – respondía el tambor–.

O esta otra que las gentes de Brieva ponían en la pita de la gaita de Elías El tío Perero, gaitero de Ventrosa, junto a Cirilo, su tamboril:

                –¿Nos pagarán, nos pagarán?

                –Me paice que no, me paice que no.

Lo mismo decían la gaita y el tambor de El Chucho y El Peca de Cervera del Río Alhama:

                –¿Nos pagarán, nos pagarán?

                –Me parece que sí, me parece que no.

También muchos cuentos, como aquel niño que pensaba que el tambor le decía a la gaita: tírala, tírala y no se apartaba del gaitero para quedarse con ella cuando la arrojase; el cristo que le pidió un mambo al gaitero en medio de la procesión; o la desconsolada mujer del gaitero a quien habían enterrado con el instrumento dentro del ataúd y se lamentaba:

 –¡Ay, pobre, pobre! ¡Con lo bien que lo hemos pasado con eso que te llevas entre las piernas!

Y es que no hay mujer más afortunada que la esposa del gaitero:

                               Es la mujer del gaitero

                               mujer de mucha fortuna

                               porque ella tiene dos gaitas

                               y las demás solo una.